miércoles, 16 de mayo de 2007

Un objeto llamado Rafael Araiza


Aquel caracol

Nora obispo

En repetidas ocasiones he hecho referencia, en algún párrafo o imagen, al maestro Rafael Araiza, y así ha sido gracias a la variedad temática de su trabajo porque, en honor a la verdad, su obra es bastante amplia.

Para hablar sobre su producción es necesario hacer una clasificación por grupos y elegir alguno: instalación, pintura, escultura, arte objeto, fotografía, fotomontaje, acuarelas, dibujos, etcétera; a cualquier grupo que nos vayamos encontraremos una basta e interesante producción.

Su estética es agresiva, burda, tosca, violenta. Según sus palabras, está en contra del trabajo decorativo. La obra —argumenta— no debe buscar una función ornamental, su fin no es llenar un espacio que armonice con los objetos domésticamente cotidianos de algún lugar.

La búsqueda —o encuentros— de Araiza va más allá de lo estético. Se interesa por los temas políticos, literarios, sociales, ambientales.

En su trabajo de arte-objeto intervienen cosas que para nosotros son comunes; aquél objeto cuyo fin estaba muy lejos de convertiste en arte, Rafael Araiza lo aprecia como tal y lo hace parte de su obra. Integra cucharas, semillas, redes para pesca, cadenas, muñecas, caracoles, huesos, hierros, por mencionar algunos de los que recuerdo.

Sobre estos trabajos de arte-objeto se identifica con el dadaísta francés Marcel Duchamp, de quien hace un comentario que —a mi juicio— no creo que así lo pensara éste, pero sí se aprecia claramente en la obra del mismo Araiza:

“Marcel Duchamp vio una máquina de hacer café y se subyugó con ella, la revaloró, la vio bella, la adquirió para someterla al proceso del arte, valoró un objeto que ciegos los hombres no lo vieron, vio el color de la lámina, su burda manufactura, la manera de ensamblarlo; el objeto va de la mano de quien lo hizo, que pudo ser un mecánico cualquiera, que lo trabajaron pensando únicamente en su funcionamiento. El arte está en pequeñas dosis de cualquier cosa, (incluso en lo que) el constructor de un tanque ve en función del diseño industrial. Duchamp nos viene a decir muchas cosas interesantes al crear sus Ready-Made”.

Rafael Araiza ve la belleza del objeto y la hace suya para convertirla en obra de arte. Pero una vez que como espectadores estamos frente a la pieza encontramos en ella toda una narrativa, se conjugan los datos de memoria, la información que como objeto utilitario construyó. Cada objeto tiene un historial desde su primera utilidad: las huellas de desgaste y su relación con el usuario. Así lo vemos en Aquel caracol… La obra en su conjunto es una niña-mujer con copete-cuastecomate, cuerpo de caracol y una punta de dardo como lengua, montada sobre una ollita prehispánica. Cuatro elementos que al unirse han dado una figura a mi gusto graciosa y agresiva a la vez, por las diferentes lecturas que puede tener esta sugerente pieza.

A pesar del tiempo, Araiza no ha olvidado la pérdida de sus quimeras y no es para menos. Cada elemento de esa obra era especial, la obra se homogeniza en su conjunto con la variedad de objetos. ¿Cuanto tiempo habrá tardado en cada obra? Desde recolectar cada componente, limpiarlo, tratarlo, analizar cada elemento para poco a poco integrarlo hasta convertirlo en la fabulosa colección de 45 piezas de gran formato llamadas Quimeras, obras que daban la sensación de primitivismo mágico.

Lamentablemente los responsables de resguardarla no tomaron las precauciones necesarias y la colección fue abandonada en las bodegas de un auditorio deportivo en el puerto de Manzanillo, en donde estuvo por tres años expuesta a la humedad, a la polilla, a una inundación, al saqueo y al reacomodo grotesco.

Tal pérdida es irreparable y más cuando no podremos volver a tener esas piezas, contamos con algunas fotografías y por supuesto con el autor que se ha encargado de seguir creando. Pero justo aquí radica otro problema, Rafael Araiza tiene la necesidad de producir, esa es su habilidad, pero no vive en la abundancia ni con los recursos necesarios para albergar tanta obra. Basta tan sólo echar una mirada a su taller-museo para comprender que si no se hace algo urgente, su nueva producción podría seguir los pasos de Quimeras. Su taller está lleno, las obras se topan, se ocultan unas a otras, se mezclan, no es posible apreciarlas individualmente y ahora con su instalación Huesitos, ha obstruido el espacio que servía de corredor. No es posible ver su obra en un día, ni siquiera en una semana, a pesar del amplio espacio que usa como taller y museo improvisado.

La guerrillera negra



Y su producción es incansable, tan sólo en lo que va del año ha laborado alrededor de 25 obras entre ensamblaje, pintura y escultura. A la par del trabajo de Araiza va también el polvo, la humedad y la polilla haciendo lo suyo. No sabemos cuál será el destino de su obra, él mismo no lo sabe, no queremos que le pase lo de Quimeras, pero parece que lleva ese camino.

Ese espacio requiere de cuidados más profesionales, el arte es para ser contemplado, por lo pronto su obra ahí permanece para ser apreciada por propios y extraños.




1 comentario:

Anónimo dijo...

Jaime, por favor pasa estas imagénes a jpg, como quedamos ( esque estan en cmyk) gracias