
(Primera de dos partes)
En esta ocasión hablaré sobre la experiencia de observar los ejercicios “dibujísticos” de los niños. Éstos tienen una capacidad de síntesis, en la captación de formas, diferente a los adultos. Los niños ven las líneas que rodean la forma, con esas pequeñas desviaciones y curvaturas que un adulto ya no observa. Luisito, un niño de seis años, cuando toma de modelo la foto de una ciudad o un castillo, lo que hace es dibujar el contorno, cuidando el más mínimo detalle. Al revisar sus dibujos se debe tener un buen grado de observación para descubrir a qué prolongación curva, línea plana o inclinada, pertenece lo que ellos vieron. El resultado, obviamente, no es fiel al que copiaron, al menos en el control del espacio. Su captación es, en definitiva, especialmente privilegiada y por desgracia temporal, porque lo olvidarán conforme siga su desarrollo. De pequeños, todos pasamos por esa etapa creativa, tal vez debido la desinhibición.
Se concentran más fácilmente que un adulto
Siempre es interesante ver cuando un niño dibuja. Si usted tiene la paciencia de hacerlo se sorprenderá de la concentración que tienen en su tarea, al grado de que no se dan cuenta que lo están observando. Por ejemplo, los niños entre más pequeños ven más el modelo que la hoja. Carmen, una niña de siete años, clava la mirada en el modelo. Pareciera que le cuesta trabajo despegar la vista del objeto que copia, o tal vez se deleita en la contemplación. No le importa cómo se va a ver, si le quedará bien o mal, sólo se preocupa por observar. Esta desinhibición que algunos adultos tienen tan severamente restringida, es en parte lo que obstaculiza la concentración de estas actividades. Tenemos demasiado presente la opinión y aceptación de los demás. Aunque, claro, este no es el único factor que obstruye el buen dibujo de un adulto.
Su conducta cambia de acuerdo a su edad
Los niños, una vez que dan por terminado su trabajo, muestran orgullosos el resultado. Aunque en esto su actitud varía de acuerdo a la edad. Entre más pequeños trabajan con gran rapidez. Apenas terminan la última línea se levantan entusiasmados a mostrar su gran logro, dando la impresión de que jamás se detienen a ver cómo les quedó. El resultado es lo que menos les importa. A la edad de ocho años su actitud cambia. Muestran un pequeño grado de inseguridad, incluso llegan a cambiar de hoja hasta que sienten que dan un buen inicio. Además, están más conscientes del dominio del lápiz. Una vez que terminan se detienen y revisan antes de mostrarlo. “¡Changos!”, dice Mauro, “no me salió”. Pero esta exclamación es hasta terminar la última línea. A pesar de que tambalean en el inicio, una vez que comienzan no se detienen hasta que lo consideran terminado. A esta edad todavía mantienen la misma concentración de embelezo.
Esta reacción coincide con la investigación de Diana Korzenik, educadora en
El niño de seis años no se molesta en preguntarse si será aceptado su trabajo. En ocasiones ni siquiera por él mismo. Sin embargo, esta conducta (tan sólo un año antes) les lleva a que reaccionen —como lo dice la educadora— molestos con los demás por no entender lo que hicieron. La actitud de los niños no deja de sorprenderme por toda esa transformación sicológica que va cambiando con su edad, hasta convertirlos en adultos.

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