Nora Obispo*¿Por qué es tan famosa la Gioconda? En toda la historia del arte vemos infinidad de pinturas de retrato de la misma calidad representativa que la Mona Lisa, sin embargo, ésta es la única aclamada por el gusto universal. Unos opinan que su atractivo radica en su cautivante y enigmática sonrisa, otros que su mirada, algunos más que su postura ni-de-frente-ni-de-perfil. La fascinación y el enigma que le imprimen resultan más cautivantes que la misma imagen.
Leonardo da Vinci es reconocido como uno de los grandes genios de la historia, no sólo de la pintura sino de la ciencia por sus incansables investigaciones. En sus famosos códigos (por aquello de la película) se encuentran numerosos estudios, entre ellos: el vuelo de los pájaros, la mecánica aplicada a las máquinas, la teoría de la física mecánica, la anatomía de los caballos y la figura humana. Sus estudios anatómicos así como la perspectiva atmosférica y sfumato fueron aportaciones significantes a la pintura. Sus obras son admirables pero ¿Por qué la Mona Lisa es la más reconocida?
Los datos históricos sobre la fama de esta pintura los expone José Jiménez en un texto sobre teoría del arte:
“¿Por qué esta imagen nos resulta hoy tan familiar, tan intensamente próxima? El motivo hay que situarlo en un suceso histórico muy concreto: el robo de la tabla de Leonardo, que desapareció del museo del Louvre en agosto de 1911. El hurto desató una auténtica histeria nacionalista, en el agitado clima social y político del momento, cuando se estaba ya gestando lo que sería la Primera Guerra Mundial. Pero lo auténticamente decisivo para nuestra cuestión es que las revistas ilustradas de la época, tanto en Francia como en el extranjero, al relatar la desaparición de la obra, reprodujeron masivamente, con mayor o menor fidelidad, la imagen de la pintura.
“En ese clima —continúa J. Jiménez— la imagen se hizo sumamente ‘popular’. Para reparar la ‘pérdida’ las artistas de variedades más conocidas del momento, pero también las más respetadas actrices de teatro clásico y alguna cantante de ópera, fueron fotografiadas, posando como Mona Lisa, peinadas como ella y con ropa más o menos similares. De modo casi inmediato, pasó también a las entonces novedosas tarjetas postales”, a veces como expresión de los nuevos tiempos, la velocidad de los nuevos transportes, la rapidez de las comunicaciones, gracias al tendido eléctrico y a la telegrafía.
“Asociada siempre con ‘lo nuevo’ y con la nueva sensibilidad, —prosigue Jiménez— se le pierde el respeto enseguida. Se la presenta, por ejemplo, llevando la entonces reciente ‘falda corta’, y levantándola para mostrar sus piernas, como las chicas ‘que hacen la calle’. Pero no acabó la cosa ahí. En 1914, la obra fue por fin recuperada. El causante del robo había sido un mecánico italiano, al que la policía francesa había interrogado sin éxito, que henchido de nacionalismo quería ‘devolver’ la obra del gran Leonardo al patrimonio de Italia. La tabla había permanecido cerca de tres años debajo de su cama.
“La pintura fue, entonces, de nuevo reproducida en todas las publicaciones ilustradas y en tarjetas postales. Nunca antes una obra de arte había sido reproducida como lo había sido la obra de Leonardo en ese pequeño lapso de apenas tres años. Por primera vez en la historia de nuestra cultura, una obra artística iba más allá de los canales habituales, más allá del arte, de la literatura y de la llamada ‘alta cultura’ en general, para introducirse en la cadena de las comunicaciones de masas. Desde aquel momento, comenzaría un proceso imparable por el que la imagen de Mona Lisa se independizaría de la obra original de Leonardo, explicándose así la inmediata familiaridad que sentimos hoy ante ella. No es exagerado decir que se trata de la obra más reproducida, y por ello más conocida, de todo el patrimonio artístico de Occidente” —concluye J. Jiménez.
El escándalo del robo fue la más subliminal publicidad gratuita, e hizo que de la constante observación a la misma brotara la imaginación de los observadores agregándole el sabor del misterio: estaba embarazada…, es hombre…, es Leonardo que quería ser mujer…, era su amante homosexual…, su sonrisa es misteriosa. La intervención que hace Marcel Duchamp sobre el supuesto enigma de su sonrisa es la más divertida, al agregarle a un afiche del famoso rostro un bigotito y una barbita velazqueanas.
Hoy en día sigue siendo un motivo suculento de inspiración para artistas visuales como Rafael Araiza en esta mismísima localidad, y quien para esta entrega nos presta un par de imágenes de su colección Digitales que caen como anillo al dedo.
La llamativa expresión del rostro de la Gioconda obedece al estudio minucioso de Leonardo de los diferentes gestos faciales, este logro está mejor ejecutado en “San Juan el Bautista”, donde el personaje es quien nos mira con una cautivadora sonrisa, y si de enigmas se trata propongo la mía, ¿Quién contempla a quién en esta obra? observe bien el rostro de San Juan y vea cómo en realidad es él quien nos mira.
*Licenciada en Artes Visuales, UAQ, correo: noraobispo@hotmail.com
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